Mientras
pienso, escucho el golpeteo irregular de las gotas de lluvia contra los
adoquines de mi balcón. Hace mucho que ha caído la noche, y aquí el aire es
casi irrespirable. La quietud de este hogar ensordece a quienes permanecen
despiertos y se atreven a encarar la soledad.
Últimamente
callo más de lo que digo. Callo más de lo que escribo. Y observo. Y suspiro;
suspiro muchísimo, lo que en varias ocasiones me ha granjeado algo más que una
mirada de suficiencia. Sin embargo, mi mente es bulliciosa, más ruidosa de lo
que nunca ha sido. ¿Sabe? Es mucho tiempo el que llevo con la idea en mente de
inmortalizar quien ahora soy; de congelar la imagen de quien veo reflejada
cuando me miro al espejo. Quién sabe, quizá algún día este papel arrugado sea
todo lo que me quede para recordarme.
Para
qué engañarle, la posibilidad de desaparecer me infunde un miedo terrible. Desaparecer:
1. Dejar de existir. 2. Ocultar, quitar de la vista, abandonar un lugar. La
mera contingencia se siente como un viento gélido en mitad de una noche de
diciembre.
Somos
ciudadanos del mundo; un mundo donde cada individuo es un grano de arena que
contribuye a crear figuras vistosas y definidas, de todos los colores. Mi
experiencia (¿existencia… ?) me ha llevado a creer en la riqueza de las
personas, en la compatibilidad de los sueños y en las esencias. Déjeme
introducirle en mis menos conocidos pensamientos: desde hace unos años, pienso
en el individuo como un árbol.
Originalmente
pensaba centrar este escrito en la relevancia de la escritura y la literatura
para moldear y constituir el carácter. Sin embargo, sin
definir antes la relevancia y protagonismo del individuo en la sociedad como en
la que vivimos, el tema resulta un poco deficiente. Por ello, hoy os hablo del
árbol profundamente arraigado al suelo, y no de sus flores más bonitas.
El
árbol de la vida posee una médula intrínseca, la cual se rodea de capas y capas
de corteza en relación con nuestra experiencia en el mundo. Nuestro carácter se
curte de la misma manera en que se curte el cuero, y alimenta a cada una de
nuestras células. Es pegajoso como la savia que mantiene tronco (torso), ramas
(extremidades) y raíces (psique) unidas.
Casi
sin pretenderlo, hemos definido el carácter científico de nuestro árbol, el
cual la ciencia modula. Mediante su investigación, se nos es dado el
conocimiento suficiente para vivir con seguridad y la conciencia tranquila.
No
obstante, ¿qué hay de las demás disciplinas? ¿Qué papel juegan con respecto a
la figura del árbol?
Las
primeras obras de arte datan, en la Península, del Paleolítico Superior, entre
los 40.000 y los 10.000 años aC. El pretexto original para su desarrollo no fue
otro que el instinto de supervivencia. Sin embargo, la forma de creación
artística que ha llegado a nuestros días representa la necesidad de expresión
visual de nuestro entorno, historia, ideas y sentimientos, que nos dota de la
capacidad de reescribir nuestra realidad de forma que esta sea acorde a nuestra
visión del mundo. Nuestras hojas, nuestros capullos y nuestras consiguientes
flores, no son más que el resultado de la capacidad artística que guardamos con
celo en nuestro pecho.
Finalmente,
las (human)idades. ¿Me entendería si afirmase que humanidad y creatividad
presentan una relación hiperonímica? La creatividad es un río que discurre bajo
nuestros pies, fiero e incansable. Un río del que, no importa cuánto bebamos,
no permitirá que se sacie nuestra sed de conocimiento. Alimentará nuestras
inquietudes, construyendo desde dentro vigas de hueso y entretechos de
cartílago, que sentarán nuestras bases al tiempo que nos permitirán seguir
creciendo. He de decir que Elvira Lindo llevaba razón cuando afirmaba con
convicción que son las humanidades las que nos proporcionan el sustento que un
ser emocional y racional a partes iguales como lo es el ser humano, necesitan.
Que estas raíces que me han permitido desarrollarme arraigada a un suelo -mi
mundo interpersonal- no pueden explicarse en términos fotosintéticos, sino
ontológicos. Humanísticos.
Mi
concepción de la vida está centrada esencialmente en el individuo como unidad
vital. “Lo cual es curioso”, murmuro para mí misma, rompiendo el silencio.
“Somos quienes somos en relación a los demás”.
Fuera,
hace rato que ha dejado de oírse la lluvia golpeando con suavidad contra los
cristales de la habitación. Una luz tenue y dorada ilumina casi con timidez las
calles de la ciudad, que despiertan de su letargo perladas de gotas de rocío
cristalino. Un nuevo día comienza.
Yo
me despido aquí, y me dirijo a usted.
"Hoy, ¿qué flores adornarán su árbol?
Enero, 2018.
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