jueves, 17 de mayo de 2018

El árbol de la vida

Mientras pienso, escucho el golpeteo irregular de las gotas de lluvia contra los adoquines de mi balcón. Hace mucho que ha caído la noche, y aquí el aire es casi irrespirable. La quietud de este hogar ensordece a quienes permanecen despiertos y se atreven a encarar la soledad.

Últimamente callo más de lo que digo. Callo más de lo que escribo. Y observo. Y suspiro; suspiro muchísimo, lo que en varias ocasiones me ha granjeado algo más que una mirada de suficiencia. Sin embargo, mi mente es bulliciosa, más ruidosa de lo que nunca ha sido. ¿Sabe? Es mucho tiempo el que llevo con la idea en mente de inmortalizar quien ahora soy; de congelar la imagen de quien veo reflejada cuando me miro al espejo. Quién sabe, quizá algún día este papel arrugado sea todo lo que me quede para recordarme.
Para qué engañarle, la posibilidad de desaparecer me infunde un miedo terrible. Desaparecer: 1. Dejar de existir. 2. Ocultar, quitar de la vista, abandonar un lugar. La mera contingencia se siente como un viento gélido en mitad de una noche de diciembre.
Somos ciudadanos del mundo; un mundo donde cada individuo es un grano de arena que contribuye a crear figuras vistosas y definidas, de todos los colores. Mi experiencia (¿existencia… ?) me ha llevado a creer en la riqueza de las personas, en la compatibilidad de los sueños y en las esencias. Déjeme introducirle en mis menos conocidos pensamientos: desde hace unos años, pienso en el individuo como un árbol.
Originalmente pensaba centrar este escrito en la relevancia de la escritura y la literatura para moldear y constituir el carácter. Sin embargo, sin definir antes la relevancia y protagonismo del individuo en la sociedad como en la que vivimos, el tema resulta un poco deficiente. Por ello, hoy os hablo del árbol profundamente arraigado al suelo, y no de sus flores más bonitas.
El árbol de la vida posee una médula intrínseca, la cual se rodea de capas y capas de corteza en relación con nuestra experiencia en el mundo. Nuestro carácter se curte de la misma manera en que se curte el cuero, y alimenta a cada una de nuestras células. Es pegajoso como la savia que mantiene tronco (torso), ramas (extremidades) y raíces (psique) unidas.
Casi sin pretenderlo, hemos definido el carácter científico de nuestro árbol, el cual la ciencia modula. Mediante su investigación, se nos es dado el conocimiento suficiente para vivir con seguridad y la conciencia tranquila.
No obstante, ¿qué hay de las demás disciplinas? ¿Qué papel juegan con respecto a la figura del árbol?
Las primeras obras de arte datan, en la Península, del Paleolítico Superior, entre los 40.000 y los 10.000 años aC. El pretexto original para su desarrollo no fue otro que el instinto de supervivencia. Sin embargo, la forma de creación artística que ha llegado a nuestros días representa la necesidad de expresión visual de nuestro entorno, historia, ideas y sentimientos, que nos dota de la capacidad de reescribir nuestra realidad de forma que esta sea acorde a nuestra visión del mundo. Nuestras hojas, nuestros capullos y nuestras consiguientes flores, no son más que el resultado de la capacidad artística que guardamos con celo en nuestro pecho.
Finalmente, las (human)idades. ¿Me entendería si afirmase que humanidad y creatividad presentan una relación hiperonímica? La creatividad es un río que discurre bajo nuestros pies, fiero e incansable. Un río del que, no importa cuánto bebamos, no permitirá que se sacie nuestra sed de conocimiento. Alimentará nuestras inquietudes, construyendo desde dentro vigas de hueso y entretechos de cartílago, que sentarán nuestras bases al tiempo que nos permitirán seguir creciendo. He de decir que Elvira Lindo llevaba razón cuando afirmaba con convicción que son las humanidades las que nos proporcionan el sustento que un ser emocional y racional a partes iguales como lo es el ser humano, necesitan. Que estas raíces que me han permitido desarrollarme arraigada a un suelo -mi mundo interpersonal- no pueden explicarse en términos fotosintéticos, sino ontológicos. Humanísticos.
Mi concepción de la vida está centrada esencialmente en el individuo como unidad vital. “Lo cual es curioso”, murmuro para mí misma, rompiendo el silencio. “Somos quienes somos en relación a los demás”.
Fuera, hace rato que ha dejado de oírse la lluvia golpeando con suavidad contra los cristales de la habitación. Una luz tenue y dorada ilumina casi con timidez las calles de la ciudad, que despiertan de su letargo perladas de gotas de rocío cristalino. Un nuevo día comienza.

Yo me despido aquí, y me dirijo a usted.

"Hoy, ¿qué flores adornarán su árbol?


Enero, 2018.

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