Desde que era muy pequeña fui regalando fragmentos de mí a quienes me tendían la mano. Si me sonreías, me llenaba de calidez. No fue hasta muy anciana cuando comprendí que me había perdido a mí misma en pos de los demás.
Llegué a tener mil caras y cientos de personas guardadas en mi pecho. Al tiempo que yo les regalaba cachitos de corazón, les arrebataba algo de los suyos. Fue tarde cuando abrí los ojos y reflejados en el espejo vi una mezcla de todos los rasgos robados durante años, pero ninguno mío. Quedé dividida, una difuminada versión de mis características y una condensación de todas las demás. Juré encontrarme, e inicié mi búsqueda en el mundo.
Hoy aún recorro las bulliciosas calles en busca y captura de mis recuerdos, que, en forma de personas, no me parecen ya sino amenazadores filos de hielo y metal.
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